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Happy Laughing Baby - video powered by Metacafe

No se yo quien está llevando las riendas aquí: si la madre que al fin ha conseguido que el peque diga ¡happyyyyy! o el niño que ha descubierto la palabra mágica para que su madre se active como un autómata y le divierta con esos graciosos aspavientos.

Reconozco que mi sesión diaria de 'pá-pá' no me la quita nadie y que el día que Diego diga 'papá' no sé cómo reaccionaré. Seguramente sin llegar a los extremos de la señora del vídeo ( o igual sí, depende del café que lleve en las venas), pero a buen seguro provocándole al pobre un empacho de pá-pá-pá (a ver si es fruto de la casualidad o la cosa ya está asentada) y, por supuesto, programándole actuaciones ante todo tipo de público. De todos modos que nadie tema por su estabilidad psíquica. Ya tendrá el nene tiempo de cobrarse tal explotación lingüística con las sesiones maratonianas de "súbeme a caballito pápa por centésima vez hoy" o "el nene quiere un chicle, ya te lo he pidío 254 veses y no me lo compras" a las que estoy convencido me va a someter si la ya de por sí insistente naturaleza infantil se ve potenciada por mis genes. Yo no me acuerdo de haber hecho nada de ésto, pero mis padres sí. Je,je.

El caso es que me consta que mi santa también le da al mini-yo su entrenamiento diario de 'má-má-má' y si a eso le añadimos que los abuelos también estarán empleados a fondo con los 'ya-yos/as' y 'ta-tas/os' (?), no debería sorprenderme si el día en que el niño sienta la necesidad de llamarme de un modo distinto a los gruñiditos a que me tiene acostumbrado, en lugar del tan ansiado 'papá' me diga algo como 'patato', o similar. Aún así y todo, las ganas de escuchar algo parecido a 'la palabra' me ha hecho relajar el standar de calidad de tal forma que creo que cualquier soniquete que el niño emita y contenga al menos una "a" será dado por bueno.

Pero mientras llega ese momento, no nos aburrimos en absoluto. El esqueje nos ameniza comidas y cenas con toda suerte de chillidos, sonidos y proyectos de palabras que, proferidos en mayor o menor intensidad nos provocan desde una sonrisa cómplice hasta la hilaridad y el despiporre. Una de dos, o somos un público excelente o es que estamos enajenados perdidos. Bueno, quizá las dos cosas.